Vida en pausa (Alexandros Avranas)

El plano frontal con que abre Vida en pausa, con los distintos miembros de la familia entrando en escena, anticipa lo que vendrá a continuación. El gesto se automatiza, y el exhaustivo reconocimiento en forma de intrusión en el hogar familiar anticipa el proceso en que nos sumergiremos. La pregunta del padre a los invitados casuales antes de su partida, confirma el escenario al que deberán hacer frente: pronto sabremos que la familia protagonista afronta la revisión de su petición de asilo.

Alexandros Avranas expone ante dicha revisión la mecanización de un proceso que se explícita desde lo formal. La concatenación de planos que desplazan cualquier atisbo de expresividad que no sea la del propio semblante de los personajes, dotan de una cierta frialdad al contexto. También contribuye a ello la monótona voz que sirve como intérprete a los protagonistas. Es, de hecho, su presencia, aquello que genera una distancia aún mayor, intensificando la sensación de estar ante un distante juicio. La burocracia se transforma, en esa instancia, en algo más que una herramienta: es también un ente despersonalizador que no entiende de sentimientos ni ruegos, hecho que se constata tras la reacción del padre al veredicto y la respuesta por parte de una nueva voz mecanizada, repetitiva.

Una serie de rígidas normativas, que dotan de una felicidad autoimpuesta al periplo de los progenitores, con una sonrisa perenne que se debe deslizar de sus rostros, otorga a Avranas el marco adecuado desde el que continuar explorando su cine. El autor de Miss Violence, diez años después, sigue mostrándose como uno de los reductos de aquella Nueva ola de cine griego que a tantos cautivó, y lo explicita mediante lo formal.

Vida en pausa se aleja en ese sentido del mero comentario socio-político, y trasciende, abriéndose paso, gracias a un aparato desde el que reflejar todo lo que constituyen esas legislaciones y normas. La distancia tomada no lo es tanto porque el griego huya del simple y huero artefacto dramático, como por lo que proveen las instituciones y sus mecanismos. De hecho, Avranas tiene claro que lo emocional, de un modo u otro, debe formar parte del relato, y así lo demuestran las interioridades familiares, con el padre presionando a su hija para lograr que, mediante un testimonio, la petición de asilo salga adelante.

Que buena parte del film se desarrolle como una especie de tragedia (griega) atiende más la necesidad por continuar exponiendo los avatares institucionales que por apelar a un dramatismo que el film resuelve en apenas dos escenas cuyo recurso más expresivo deviene en un ‹zoom›. Y es que si bien es cierto que, llegados a un punto, Avranas apela a una senda más humana, haciendo virar totalmente la propuesta, el propósito de Vida en pausa se antoja diáfano. Sí, puede que con ello el cineasta consiga insuflar cierta ternura y dotar de una dimensión distinta a sus personajes, pero todo bajo el yugo de una denuncia que trasluce ante todo en sus intertítulos finales.

Su gran virtud constituye, pues, en saber deslizar desde sus parámetros visuales una crítica que emerge ya en sus primeros planos. Avranas se muestra así como un cineasta cuyas inquietudes formales dotan del revestimiento adecuado a una obra que, sin llegar a funcionar por completo en otros ámbitos, es capaz de avanzar en más de una dirección. El cine del griego se complementa sustrayendo capas de una emotividad contenida, y consigue por ende traspasar el mero artefacto, abandonando así ese extraño punto intermedio donde la tesis se consolida pero no logra ir más allá. Quién sabe si nos encontramos ante el nuevo cine griego abriendo horizontes.

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