Me gustan las películas “románticas” que convierten lo que en la realidad sería un “¿qué te pasa? Nada, ¿y a ti? Jiji” en diálogos profundos y dignos de reproducir en una crítica cualquiera (aunque yo no lo vaya a hacer en esta).
Un pájaro azul, coproducción argentina-uruguaya dirigida por Ariel Rotter, no es una película romántica como tal (de ahí las comillas), pero es, a su modo, una profunda exploración de las emociones humanas encerradas tras las relaciones de pareja, centrando el foco en las malas decisiones y los momentos de crisis personal y colectiva de esta. Una película formada de descartes de la vida, en realidad, que destaca por esconder en su tono dramático y apacible un humor que a veces recuerda a No sos vos, soy yo (2004) por cómo provoca en el espectador la sensación de ser el amigo que escucha los dramas de su protagonista sin sentirlos como propios, aunque aquí a través de una narrativa que da bastante más peso a los elementos visuales y los momentos íntimos que a la locuacidad y el ridículo. O tal vez es que me estoy dejando llevar por el acento argentino/uruguayo cuando pienso en que el guion y los actores son capaces de transformar interacciones cotidianas en conversaciones cargadas de significado y relevancia emocional, donde destaca especialmente Julieta Zylberberg, cuyo personaje ofrece algunos de los mejores momentos de la película —y las mejores frases—.
Aunque algo obvio, en el corazón de Un pájaro azul está el simbolismo y el color azul, omnipresente, el cual, lejos de ser solo un detalle estético, se carga con las acciones personales de los protagonistas; es el color más cálido, pero a veces asociado a la esperanza y el amor y a veces al luto y la pérdida, mostrando una dualidad que forma parte de los personajes y de la propia película, que parece cuestionarse lo que posteriormente será cuestionado a la inversa (¿El hogar como una jaula? ¿El pájaro azul como alegría y buenos augurios? ¿La primavera como la superación de etapas?).
De hecho, la película protagonizada por Alfonso Tort se parece más a un ‹slice of life› que al drama romántico sobre la paternidad/maternidad (o la espera de esta) con el que es presentado, precisamente porque seguimos a su protagonista como quien camina a su lado. Así, aunque los momentos más potentes se encuentren en la ruptura de la pareja, sus encuentros y desencuentros, hallamos algunos de los instantes más reconfortantes en la relación con su padre, con quien Un pájaro azul utiliza la música no solo como un elemento de fondo, sino como un personaje más que contribuye a la narrativa que pretende despertar los sentidos del personaje que representa Tort. Un ejemplo claro es la escena entre Javier y su padre con la guitarra, un momento de intimidad que no necesita de mayor contexto.
En resumen, Un pájaro azul es una película con un interesante punto de partida que posteriormente deambula sin rumbo fijo, pero que acaba por parecer como la vida misma, imperfecta en lo bueno y en lo malo. Una historia que pretende ser íntima y sutil y lo es en varias ocasiones, aunque al mismo tiempo no consigue demasiadas de sus pretensiones. Diría que, por encima de todo, tiene una virtud extra que va más allá de sus encuadres enjaulados o esquinados y su avance entre sus errores y aciertos, y es algo más personal: su capacidad de hacerme pensar en —o sentir— aquello que cada vez hago menos viviendo en Madrid: asomarme al aire libre y respirar; dejar que el sol me dé de lleno desde la ventana en una mañana espléndida y amable; agradecer sus rayos de luz sobre mí como si fuera la primera vez que los recibo; escuchar el animado cantar de algún pájaro y devorar el olor de una primavera que me lleve a recordar una vida que nunca he tenido de verdad.