El animador indio Ishan Shukla, conocido principalmente por dirigir y escribir un episodio de la serie de antología Star Wars: Visions, expande en su primer largometraje la idea de uno de sus cortometrajes, en la que describe una ciudad distópica que, para eliminar las diferencias entre sus habitantes, les obliga a vivir permanentemente con sus caras escondidas tras bolsas de papel con códigos imprimidos que se convierten en sus nombres. El protagonista, un miembro del Senado en pleno ascenso de su carrera política y perfecto ciudadano del régimen, empieza a ser consciente de las grietas del sistema cuando la prostituta con quien se ve manifiesta su deseo de marcharse de la ciudad; al mismo tiempo, conoce a una misteriosa fugitiva que le hará replantearse sus ideas preconcebidas y sospechar cada vez más de los discursos oficiales que alientan a perseguir a las “anomalías”, unos seres que, según las descripciones, poseen alas y cuernos y se camuflan entre la multitud.
En Schirkoa: La ciudad de las mentiras hay un caldo de cultivo narrativo muy interesante, en el que se pone de relieve en primer lugar un escenario clásico de una distopía centrada en anular la individualidad para alcanzar un ideal de perfección. El resultado, sin embargo, se halla lejos de haber alcanzado la paz social pretendida: hay protestas en las calles, detenciones arbitrarias y enfrentamientos con las autoridades a diario, y en este clima conflictivo, muy lejos de la pretendida uniformidad de pensamiento, el protagonista es un sujeto pasivo todavía por radicalizar, pero que no es ajeno en ningún modo a dicha realidad. Por ello, es previsible que la narración lleve a una toma de conciencia progresiva, y así es en un principio. Sin embargo, los giros que propone la película respecto a su protagonista y su viaje iniciático terminan por romper este esquema predecible de desarrollo y demostrar un impulso creativo que se desata por completo en su segunda mitad.
El resultado es algo que, sin duda, tiene intenciones y un esfuerzo constante por ofrecer algo original, pero que, lamentablemente, y más allá de la potencia momentánea del giro, termina conformando un pastiche de conceptos y vías narrativas a medio desarrollar, momentos surrealistas tan crípticos como agotadores, un embrollo de escenarios cambiantes y saltos temporales y, en lo que sin duda es lo que más me repele de la película y de su presentación, una puerilidad constante que se nota en sus conversaciones espantosas, los subrayados estúpidos, la superficialidad y volatilidad de sus temas y, particularmente, una obsesión por el ‹shock› barato que ofrecen el sexo y la violencia en pantalla, llegando a dar vergüenza ajena. Muy poco de lo que plantea Schirkoa funciona realmente, y lo que lo hace es tan circunstancial que pone de manifiesto dos conclusiones. La primera, que esta historia no estaba lista para ser convertida en largometraje porque el manejo de sus elementos es confuso y no lleva a buen término nada o casi nada de lo que propone. La segunda, más especulativa, que tal vez es el propio Shukla quien no sabe exactamente qué quiere expresar con esto; bien como consecuencia de la maraña de ideas a medio desarrollar que conforma su guion, bien porque no demuestra una comprensión profunda de lo que está planteando y no tiene realmente formado un discurso acerca de los temas principales de la película sobre autoritarismo, individualidad y revolución.
Si con lo comentado ya puede dar la impresión acertada de que no me ha gustado la cinta, lo cierto es que algo así podría haber encontrado una forma de funcionar, tal vez no en sus pretensiones sociopolíticas, pero sí como un artefacto confundido y narrativamente fallido pero atractivo o fascinante a su modo en su propuesta estética. Siendo la primera animación para cine realizada con el motor de gráficos 3D Unreal Engine, diseñado para videojuegos, el argumento de la creatividad y la iniciativa artística están sin duda ganados. El problema es que el resultado es terrible; los diseños, las texturas, los movimientos, la iluminación, etc., nada funciona con esta técnica, y la sordidez y el feísmo pretendidos están lejos de configurarse en una estética adecuada para ello. La película posee un aspecto, como era de esperar, demasiado cercano al de las cinemáticas de un videojuego, y a eso no ayuda lo confuso y aleatorio de sus saltos espaciales y temporales que presentan el viaje del protagonista más como una aventura jugable por distintas misiones en un hilo conductor fino y medio funcional que como una continuidad narrativa y emocional. Sin duda, y hasta cierto punto, esto debe estar planteado así a propósito; pero no por ello lo que se obtiene alcanza un valor, y la sensación de desubicación constante que provoca su trama se ve acrecentada por la elección de un método de animación que no solo está ligado íntimamente al mundo de los videojuegos, sino que en sí da la impresión de que el propio Shukla no sabía si estaba dando forma a una película o a un juego.
No he salido en absoluto convencido de la experiencia, sin duda original y fresca pero vacía de pertinencia estética y una exploración consecuente de sus temas. Y, consecuentemente, todos los méritos que puedo formular son más bien promesas, esperanza sobre lo que el autor podría llevarse de aquí a proyectos futuros y alabanzas a su intencionalidad y atrevimiento; al fin y al cabo, no era, al margen del resultado, nada fácil plantarse a hacer una película de animación como esta y que esto signifique un debut en el largometraje, y tal vez lo que haga más adelante Shukla sea mucho mejor y sea consecuencia directa del afán por romper moldes y no acomodarse que demuestra esta primera película.
