En una de sus secuencias, a la vez que Ángela, la protagonista, habla sobre su relación amorosa con una amiga, percibimos en un pertinente fuera de foco otras dos figuras: la de Antonio, su marido, y la de la pareja de su amiga, matizando así una distancia que parece estar cada vez más presente en la relación entre ambos. En esa sencilla escena, Nosotros confronta de alguna manera dos de las vertientes desde las que trata un tema tan universal como el de los vínculos afectivos, exponiendo así una confrontación, un choque, que sale a relucir en más de una ocasión, pues mientras en el apartado visual la cineasta navarra es capaz de tejer simbolismos que, sin resultar excesivamente complejo, dota al menos de una interesante capa al relato, es en lo textual, en el modo en cómo se expresan sus personajes y dirimen sus conflictos, donde anula toda posibilidad de alcanzar estratos más profundos dentro de su narración.
Y es que una de las particularidades del nuevo largometraje de Helena Taberna se desliza precisamente desde lo narrativo, cuya construcción se estructura en torno a distintas escenas pertenecientes a distintas etapas del vínculo entre ambos personajes centrales, aunque alternando su orden. Una decisión que si bien se alza con acierto en determinados momentos —como esos minutos iniciales del film, donde nos hace partícipes en apenas un instante desde la ruptura hasta el primer encuentro y posterior enlace—, también coarta su potencial en tanto parece tener la necesidad imperante de capturar mediante esas píldoras el estado de ánimo de sus personajes, pero lejos de hacerlo a través del detalle, de los pequeños gestos, lo hace empleando mecanismos que explicitan en demasía sus intenciones, convirtiendo cada diálogo y cada situación en una pugna constante por retratar esa desafección, esa falta de entendimiento, que tiñe poco a poco la relación.
En ese sentido, Nosotros nunca termina de hallar un motivo al que aferrarse para relatar ese proceso y sus distintas capas, logrando sobresalir únicamente gracias al talento y presencia de María Vázquez, que con una mirada expresa mucho mejor el sentir de su personaje que cualquier secuencia que se pueda armar en torno al mismo, y también al carácter veleidoso que muestra en ocasiones la obra, siendo un fiel reflejo (por momentos) de lo que puede llegar a suponer la consecución de un vínculo. No obstante, y lejos de dichos aspectos, Taberna no consigue matizar del todo ni en determinados elementos de la puesta en escena, ni desde una escritura que sin llegar a ser inconstante, las veces se siente atrapada en lo común, en lo ya conocido, las intenciones de un film que no llega a dar un paso adelante, o no logra al menos concretar sus pasos del mismo modo que una constitución visual que posee ideas e ingredientes ciertamente atrayentes.
No deja de ser una lástima, pues, que estemos ante una obra que no logra abarcar cuanto desearía, y que en más de una ocasión se siente un tanto deshilvanada a raíz de su voluble narrativa. De hecho, resulta particularmente revelador que cuando mejor funciona Nosotros es el momento en que Taberna decide afrontar ese tramo en el que la crisis de la relación sale a flote, logrando engarzar durante esos minutos un relato conjuntado que se concreta mediante un tono mucho más maduro. El film adquiere así un valor añadido en su recta final, componiendo un mosaico desde el que dotar de mayor magnitud a lo relatado, sin que ello conlleve una gravedad que podría desprenderse con facilidad de la crónica expuesta, y complementando un retrato que, pese a sus defectos, posee incentivos suficientes como para no caer en saco roto.
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Larga vida a la nueva carne.