Mi única familia (Mike Leigh)

Seguirle el ritmo a Pansy es una de las experiencias más duras que vivirás ante a la pantalla. El desgaste emocional que tuvo que vivir Marianne Jean-Baptiste recreando a esta mujer cabreada y ajena a la esperanza hace brillar su actuación frente al caos. Mike Leigh se olvida del raciocinio y se centra en el menudo entorno de un personaje que se matiza a pequeña escala, que irradia una furia de corto alcance en una historia que inicia y termina hábilmente con un plano similar del hogar de Pansy: ese universo cabe en una casa inglesa adosada en la que, desde el exterior, aparentemente nada ocurre.

Mike Leigh ya conoce cómo recrear personajes a través de los que narrar un tema universal pese a estar tan milimétricamente personalizado. En Mi única familia, el británico nos permite sucumbir ante una mujer que como respuesta a su dolor físico y mental lo único que hace es gritar, despotricar y arrollar a cualquiera que tenga cerca. Pansy es una fuente inagotable de quejas e improperios, pues nada es suficiente para ella y no ayuda el entorno en el que vive, una casi impoluta pero grisácea casa que habita junto a su marido y su hijo (ya adulto), quienes apenas abren la boca cuando comparten un momento con ella. En un principio, ese odio enajenado hacia todo el mundo parece divertido, descargado, Pansy tiene una frase específica con la que sacar de quicio a su adversario en una enemistad que ella misma ha creado; pasa de la verborrea al lamento con facilidad, del mismo modo que sus pilas se acaban y necesita desaparecer y que nadie la moleste. Marianne Jean-Baptiste crea un arco desesperado de una mujer que no consigue ubicarse y que, poco a poco, nos ofrece un fondo para focalizar lo que le ocurre, lo que nos lleva a un tipo de película diferente, una descorazonadora y tremendamente realista que tiene mucho más que ver con el amor que con el odio, donde estos juguetes rotos no encuentran, por otro lado, un modo de salvarse de esta situación tan anquilosada.

Ese amor que parecía imposible que surgiese por cualquiera de los poros de Pansy lo suscita su hermana Chantelle, una persona que es diametralmente opuesta a lo que representa pero que, desde esos lazos innegables de sangre, sabe contrarrestar el humor tan complejo de su hermana mayor, quizá motivo por el que se ha elegido esta particular traducción del título original Hard Truths. La película está llena de una luminosidad que parece contradecir la energía que emiten Pansy y su familia, nos somete a una tensión agotadora que influye a la hora de valorar a una persona que, como a cada individuo trivial que se cruza con ella, tendríamos que odiar instantáneamente, pero Mike Leigh sabe perfilar el dolor de Pansy para que, lleguemos a comprenderla o no, sepamos enjuiciar su actitud a través de la salud mental, confiando en equilibrar el porqué de cada uno de los roles que adopta este clan, ya sea el hijo, el marido, la hermana o las sobrinas. Porque Leigh no se conforma con la arrolladora personalidad —a la vez turbada— de Pansy, tiene tiempo de otorgar matices a todos los personajes en su propio ambiente, ajeno a ella, ofreciendo un esquema de relaciones y reacciones que, dentro de su sencillez, sirven de reflejo para dar forma a todo aquello que, sin voluntad propia, su protagonista se está perdiendo.

Esas risas iniciales que compartimos con Pansy se diluyen en algún momento inconcreto y la desazón empieza a comprimirnos el pecho, mientras las escenas siguen siendo diurnas, luminosas, coloridas. La perdición de Pansy no nos resulta ajena y su desgaste arrolla con todo a su alrededor, definiendo con claridad eso de que del amor al odio hay solo un paso, y que el pasado puede pesar una eternidad sin posibilidad de encontrar una definición concreta a las emociones que te genera. Mi única familia nos pone las manos al cuello y aprieta cuando menos te lo esperas, resultando directa y cruda pese a la intimidad que retrata, mientras lo que hace su actriz protagonista es salvaje, impecable, a un nivel de compromiso que muy pocas actrices podrán experimentar. Y sí, una vez más nos encontramos ante una película magnífica y a la vez agotadora, lo que implica constatar que el mensaje ha llegado alto y claro, y su final es perfecto sin tener en cuenta la derrota que manifiesta. Un retrato de una familia británica de clase media trabajadora que, tras su impoluto jardín, no conoce la felicidad ni el diálogo, como en otros miles de jardines bonitos y cuidados.

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