Bob Cuspe – Nós não gostamos de gente (Cesar Cabral)

La distancia entre el autor y la obra es uno de los puntos centrales que aborda el debut en la dirección en el terreno del largometraje del cineasta brasileño Cesar Cabral, quien tras diversos cortometrajes —uno dedicado a otro de los personajes del autor de Bob Cuspe, Dossiê Rê Bordosa— vuelve a indagar de nuevo sobre la figura de Arnaldo Angeli, más conocido como Angeli, afamado historietista brasileño cuyos personajes se extendieron durante las décadas de los 80 y los 90, que bien se podría comprender como una extensión de aquella expresión contracultural que se manifestaría en el cómic ‹underground› surgido unos años antes que la obra del paulista. Para ello, el cineasta toma como base la técnica del ‹stop motion›, conectando de ese modo los dos mundos a partir de los cuales se desarrollará la acción (que no dejan, en cierto modo, de estar vinculados): uno de ellos, el (digamos) tangible, donde Angeli es entrevistado y se muestra como un autor en crisis que no sabe hasta dónde llegará y ante todo expresa la transformación de una carrera en constante regeneración; mientras el otro nos traslada a un universo post-apocalíptico sometido por unos mutantes llamados Elton Johns que funcionan como antagonistas del auténtico protagonista de la función, una suerte de (anti)héroe de nombre Bob Cuspe y espíritu punk que sobrevive en el yermo paraje —el cual, por otro lado, es una representación del purgatorio compuesto por Angeli—, y que tras rescatar a un par de pordioseros del ataque de los mutantes amantes del pop, iniciará un viaje en busca de la voz de su propio autor, que como había hecho ya con creaciones suyas anteriores, intentará poner fin al periplo de Bob Cuspe.

En torno a ese particular relato, que no migra sobre un género concreto y despliega una cierta anarquía narrativa presente en especial en el relato de Bob Cuspe, el realizador indaga en los pormenores acerca de hasta dónde el autor puede llevar a sus personajes, o estos pueden terminar fagocitando la misma obra en un gesto involuntario. Es, de hecho, durante el transcurso de esas sesiones, donde Angeli reconoce haber creado individuos ya existentes, sustraídos directamente de las calles de su São Paulo natal, lo cual no deja de añadir una capa a esa introspección sobre qué es lo que permanece (o debe permanecer) en un primer plano, entablando así un debate muy pertinente en los tiempos que corren que, sin embargo, tampoco acaba de alzar el vuelo en ningún momento, sosteniéndose más como un apunte a pie de página o un posible medio que invite a la posterior reflexión.

Bob Cuspe – Nós não gostamos de gente emerge, más allá de las intenciones de Cabral, que está claro que rehúyen lo acomodaticio que hubiese sido un mero homenaje y proponen cuestiones de lo más estimulantes, como una pieza que busca huir de la referencia por la referencia, y no sólo se expone como una mirada en torno al autor sobre cuya obra se cimienta el film; no obstante, las ideas que dibuja Cabral no terminan de cuajar en un marco demasiado disperso que, poseyendo virtudes en especial ligadas a su inconformista aparato, huyendo del habitual carácter humorístico que reviste en no pocas ocasiones todo lo relacionado con la naturaleza metacinematográfica, e incluso obteniendo a ratos una mezcla de estilos de lo más certera —como en ese homenaje a 2001: Una odisea del espacio—, no explotan del todo, trazando uno de esos ejercicios al que le pesa su condición de debut, no tanto por las imperfecciones que pueda poseer, sino por unas aspiraciones que se sienten casi siempre un tanto lejanas del talento (por desarrollar) de su autor.

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