Con Astrakan los pasos del cineasta debutante David Depesseville nos llevan sobre terreno conocido, concretamente al de una ‹coming of age› de la que derivan una serie de circunstancias que endurecen ese trayecto, lo desproveen de esa inocencia casi inherente al género y reproducen un marco por momentos cruel que se desprende de la propia situación del protagonista. Él es Samuel, un muchacho de apenas doce años que reside en una región rural del este de Francia junto a quienes ahora son sus padres, una pareja que ha decidido adoptar al pequeño tras la muerte de su progenitor y una ausencia materna no resuelta —nunca llegaremos a saber qué ha sucedido exactamente con ella—, pero que sin embargo encuentra en él un carácter indómito, que no terminan de saber manejar y que les lleva vez tras otra al mismo punto, donde hallar el espacio adecuado para Samuel se antoja más complejo de lo que pudiera parecer, pues solamente los entrenamientos en ese gimnasio al que acude el protagonista aplacan sus particulares impulsos.
Es así como la violencia se filtra en un contexto poco habitual, apareciendo de forma súbita y abrupta, ya sea mediante esos correctivos que recibe Samuel o en alguna que otra golpiza propinada por los chicos del pueblo. Depesseville construye de este modo una relación, la del protagonista con su entorno, casi siempre extraña y esquiva; basta, en ese sentido, con atisbar una compleja vinculación con la sexualidad, hecho que se desliza de su reacción ante esa revista que le mostrará su amiga o frente a un film que incomodará visiblemente a Samuel. El cineasta francés erige con esos parámetros un universo crudo e insólito —en especial, a sabiendas de la etapa a la que se ciñe el relato— cuya aspereza se sustrae tanto de una puesta en escena que se muestra árida en más de un momento, como por la tosquedad con que se filtran determinadas situaciones que no hacen sino delimitar dicho microcosmos. Un hecho que las veces se vuelve en contra de la propuesta al sentirse un tanto forzado el periplo del joven protagonista, por más que Depesseville no busque otra cosa que forjar un reflejo desde el que otorgar voz a la particular coyuntura que vive Samuel.
Dicha decisión, la de tensar algunos de los instantes que conforman esta crónica, termina jugando en contra de Astrakan al deslizar una impostura que, pudiendo ser comprendida como parte indisociable del feroz marco que rodea y define al protagonista, socava de alguna manera una de las construcciones centrales sobre las que se alza el film. Pese a ello, de ella se estriba las veces una ambigüedad que dota del carácter adecuado a la inusual crudeza que todo lo envuelve, haciendo del debut del galo una obra de difícil encaje no sólo por lo que pretende, sino también por a dónde llega. Astrakan puede generar, con ello, el mismo rechazo que fascinación, una determinación refrendada en esa última escena final moldeada por un barroquismo indisoluble, pero asimismo incidiendo machaconamente en unas imágenes que albergan una naturaleza metafórica, aunque terminen por lograr el efecto contrario al deseado, revelando una anemia que no por irritante es peor, pero cuanto menos reitera una serie de vicios que el cineasta deberá pulir de querer trazar sendas tan inhóspitas como las que parece ambicionar.

Larga vida a la nueva carne.